9 de enero de 2017

RESTAURANTE TOPA (GALDAKAO): Ponme "morritos"... que me gusta.

Día muy “difícil” para visitar la capital. La cabalgata de los magos de oriente y el partido de copa entre leones y catalanes iba a hacer complicada la entrada. Así que buscamos otras opciones y me viene a la mente probar en este restaurante al que ya le iba debiendo visita.


Nos acercamos a Galdakao en una noche que de tropical tiene más bien poco. Con los debidos respetos, hace un frío del carajo. Mi compi, friolera a más no poder, viene enfundada en varias capas y poco más que la nariz tiene a la vista. Yo soy más…… “osado” y así me “luce el pelo”.

Llegamos primero al Topa para reservar mesa por si las moscas, que nunca se sabe. Como no está la noche para dar demasiados paseos, tomamos allí mismo algo y en un bar vecino otro cafecito. Hay que volver a la temperatura corporal medianamente normal.

A las nueve y media bajamos al comedor. Somos los primeros. Después se van acercando un par de grupos grandes. Tenemos la suerte de que nos acomodan en el pequeño espacio de dos mesas que está ligeramente separado del comedor principal. Es muy coqueto y como más romántico.

No queremos pasarnos con la cena. Que llevamos ya demasiada carga, así que en vez de elegir uno de los menús propuestos, nos decantamos por algo de su carta. Como siempre que me acompaña Arantza, dejo que sea ella la que decida. Tiene problemas con algunas cosas y además casi sin mirar sé lo que va a pedir. Me apuesto…….


Nos obsequian con un aperitivo en forma de tartaleta. Me lo he comido sin darme ni cuenta casi de lo que era. Sabor como a salsa rosa suave y quizás algo de marisco? Pero la cuestión es que está muy rico. Es lo que tiene andar despistado.


Por cierto, me han acercado la carta de vinos, que sin ser demasiado amplia, tiene unas cuantas opciones. Como me gusta intentar probar todo lo que puedo y veo algo desconocido para mi pues a por ello que me voy. Antes he pedido “refuerzos” a mis compis pero han llegado un poco tarde.
Un Vallegarcía Viognier 2012.  Un vino de los Montes de Toledo, cien por cien variedad Viognier. El envejecimiento se realiza en barricas de roble francés durante medio año y después pasa otro mes en botella. Tiene ya tintes verdosos. En principio le cuesta un tanto mostrar sus aromas pero posteriormente algo se vislumbra. Es distinto a lo que suelo acostumbrar a beber. Quizás lo que más resaltaría es que es un tanto amargo. Estupenda acidez. Lo curioso es que incluso le ha gustado a mi compi. Si no sabemos lo que nos perdemos diciendo aquello de “no me gusta” sin haberlo probado.

Pocas dudas tenía yo de que de entrante me iba a comer un tronco de pulpo. Tampoco es que precisamente me importe demasiado. Ya lo había probado. Está riquísimo. Con la textura perfecta. Ni blanco ni duro en exceso. De tamaño hermoso. Con su correspondiente patata como base y unos “adornos” que no son otra cosa que pinceladas de aceituna, tomate y lo que no he conseguido adivinar. No ensombrecen al plato principal y además son opcionales por lo que alguna que yo me sé pasa totalmente.



Aran se decanta por un solomillo a la brasa con hongos y foie. El foie, lógicamente me lo como yo. Mira que me recuerda al tocino ibérico a mi este sabor. Dan ganas de coger pan y ponerse a untar. La carne en el punto que lo ha pedido. No le van las “sangres”. Pero sigue estando bien tierno. Buen sabor.


Yo dudo un poco pero al final no puedo evitarlo. Tenía un recuerdo maravilloso de un plato que además me apasiona, así que más vale asegurar. Voy a ser “vago” y voy a cortar y pegar lo que puse en mi anterior comentario:

Callos y morros. Mi perdición. En este caso al “estilo Benigna”. Beni, la amama de Manu, los preparaba igual y además es la que “sumergió” a este joven pero experimentado cocinero en el mundo de los fogones. Pues Beni, eskerrik asko. Lo hacen bien, lo hacen muy bien, que lo sepas. Poco misterio tiene este plato cuando se hace como siempre, con buen producto, estando bien trabajado y con una salsa que, por muy lleno que esté ya uno, invita a la gula del “unte”. Están para chuparse los dedos. Que cosa más rica, oyes….


Trabaja aquí un txikito de mi pueblo, Erlantz, al que conozco desde que era un pequeñajo. También él ha pasado por Aizian, así que no hablamos de inexpertos precisamente. Pregunto por él a la muy amable camarera y allí que sale a saludarnos. Que “mal color” tienen estos “pobres”. Es lo que tiene estar todo el día metido entre fogones. Pero se le ve animado. Le pido que nos recomiende un postre y para la enorme satisfacción de la que tengo delante, nos dice que la torrija. Pues ala, otra torrija a la cuenta.


Muy chula la presentación y muy golosa ella. Jugosa al cien por cien. Acompañada de su correspondiente helado y de algunos detalles muy decorativos pero que cada cual tiene su sabor. Nos ha encantado la fresa “disecada” como digo yo. Un estupendo postre. Nos ha encantado.
Con la infusión y el café nos obsequian con un trozo de roscón. Imagino que  lo habrán hecho ellos pero si no es así, no es de esos industriales. Jugoso el bizcocho y riquísima la nata. Tenemos “suerte”, no nos ha salido el haba, así que no nos toca pagar.



Nos despedimos hasta otra. Me alegro de que les vaya bien y además de que estén contentos. Hacemos una buena simbiosis, a ellos les gusta cocinar y a mi me encanta comer. El total abonado hoy con invitación a los cafés ha sido de 76 euros. Estupendo precio.

2 comentarios:

  1. Creo que ya tienes material suficiente para hacer tu lista al estilo de "Las X mejores torrijas de Euskadi que ha comido Jon Ander"

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    1. Esta mujer me tiene "entorrijao" :-)
      Reconozco que es un postre que difícilmente falla. Pues la verdad es que sí que podía hacer un pequeño recorrido "torrijal" por Euskadi. Gracias por estar aquí, eres mi "balón de oxígeno" :-) Un abrazo

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